La Sombra Cincuenta Y Uno

En el año 2048, bajo el brillante estandarte de cincuenta y una estrellas, la Isla que alguna vez fue Puerto Rico desapareció. La arena quedó, como también el mar; los manglares se inclinaron y los coquís siguieron cantando, pero la Isla tal como era—una mezcla indomable de rebelión, poesía y añoranza—ya no era visible para nadie, salvo los más ancianos, y solo en la tenue penumbra de la memoria. La transición fue silenciosa, como suelen ser esas transiciones. Un día, se contaron los votos en Washington, y la decisión no fue anunciada por los puertorriqueños, sino por quienes siempre los habían reclamado como suyos.

La estadidad llegó no como un desfile jubiloso, sino como una marea callada que arrasó con todo lo que no pudo aferrarse. Y al principio pareció que en este arreglo podría haber algo redentor. La promesa de programas federales, presupuestos estatales y derechos de voto en las elecciones presidenciales llenó el aire con una esperanza manufacturada que no era autóctona ni fácil de extinguir. Incluso los más fervientes defensores de la estadidad, quienes habían hecho campaña incansablemente bajo el sol abrasador, celebraron. Por un momento, se regocijaron, envueltos en banderas que aún no sabían que un día se sentirían ajenas en sus propias manos.

Pero unos años después, las grietas se hicieron evidentes, no lentamente, sino todas a la vez. No pasó mucho tiempo antes de que los estadounidenses continentales comenzaran a llegar, con ojos brillantes de codicia. Llamaron a la Isla “la nueva frontera” con la misma entonación que sus antepasados habían usado para otros lugares cuya historia les resultaba incómoda. Los condominios reemplazaron las casitas, campos de golf se extendieron donde antes crecían plátanos, y en la costa, marinas opulentas ataron yates donde alguna vez flotaban tranquilamente los barcos de los pescadores.

Los puertorriqueños, ahora estadounidenses—aunque siempre lo habían sido, solo que no de una forma que hubiera importado—recibieron trabajos como cuidadores de esta transformación. Limpiaban pisos, llenaban estantes y sonreían forzadamente detrás de mostradores, hablando inglés cuando era necesario y español solo cuando se sentían seguros. Llamaban jefes a sus nuevos vecinos y respondían preguntas sobre su propia tierra como si fueran guías turísticos en un museo curado por otros.

En las plazas donde las abuelas solían comprar pan, las conversaciones se volvieron más calladas, más resignadas. “Es mejor esto,” susurraban algunos, “que lo de antes.” Pero otros, particularmente los viejos que se negaban a dejar de jugar dominó sobre cajones de leche, negaban con la cabeza y lamentaban: “Antes éramos pobres, pero éramos libres.

Para aquellos que alguna vez marcharon por la estadidad, que soñaron con carreteras bordeadas de progreso y hospitales llenos de dólares federales, los años trajeron algo más insidioso que el arrepentimiento: un reflejo irreconocible en el espejo. Vieron a sus hijos abandonar la Isla hacia el continente, porque aunque Puerto Rico era ahora parte de la Unión, sus oportunidades aún parecían demasiado lejanas. Encontraron recetas de coquito en revistas brillantes que los turistas leían como un “descubrimiento.” Escucharon los gritos de los vecinos desalojados para que nuevos dueños extranjeros pudieran convertir sus hogares en alquileres vacacionales. Y se preguntaron, en momentos de soledad, por qué la igualdad había llegado solo en forma de servidumbre.

Pero fue la devastación en aquellos que habían luchado por la independencia la que dejó la sombra más larga. Ellos habían imaginado un Puerto Rico libre como un fénix, resurgiendo no de las cenizas, sino de la tierra, cantando plena bajo un cielo propio. Ahora, caminaban las calles con una pena silenciosa, viendo cómo lo que intentaron salvar se borraba ante sus ojos. Para ellos, la estadidad no era solo el fin de una batalla; era el robo de un futuro que habían luchado por imaginar. Habían perdido no solo la Isla, sino la posibilidad de lo que la Isla podría haber sido.

“¿No podemos irnos?” preguntaban los jóvenes. Aquellos con la educación, la rabia y el fugaz sentido de agencia.

Los viejos negaban con la cabeza y señalaban hacia un pasado que ninguno había vivido, pero que todos entendían. “Una vez que eres parte de ellos,” murmuraban, “no puedes regresar. La Unión no se rompe en paz.” Las palabras flotaban en el aire húmedo, cargadas con la advertencia de una historia escrita con sangre y fuego, en Gettysburg y Antietam, en el precio no escrito de la estadidad.

Había quienes decían que Puerto Rico no había desaparecido, sino que se había ahogado. Su idioma se convirtió en un dialecto, su cultura en un disfraz. Turistas con sombreros de ala ancha aplaudían fuera de ritmo a los compases de la bomba que no entendían, mientras los desarrolladores prometían una experiencia Old San Juan limpia y segura, a pocos pasos del lujo. Los jíbaros ya no plantaban raíces; solo arrancaban las malezas para los recién llegados.

Y en las habitaciones oscuras donde los abuelos enseñaban a los nietos a tocar el cuatro, el lamento se hacía más callado, pero no menos potente. La Isla había perdido no solo su nombre, sino su derecho a decidir. Y al convertirse en un estado, se había transformado en algo mucho más permanente de lo que jamás había deseado ser: un lugar donde ser puertorriqueño era ahora, irónicamente, un acto de rebelión.

En el borde del mundo, el océano susurraba la verdad: la marea nunca regresa igual a como se fue.

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