¿Sueñan las islas?

La isla se mueve al borde del amanecer, todavía dormida.

Sus colinas, envueltas en niebla, se levantan como las espaldas de antiguas criaturas que emergen de un mar inquieto.

Bajo el dosel de ceibas y palmas, la tierra exhala, lenta y deliberadamente.

En este momento suspendido, Puerto Rico sueña—no los sueños que se desvanecen al despertar, sino visiones profundas y agitadas que perduran en la tierra y el aire salado, que se filtran en las vidas de quienes caminan por sus costas y valles.

¿Se recuerda como era, cruda e indomable, cuando solo las estrellas y el mar delineaban sus bordes?

¿O imagina futuros que se extienden más allá de la erosión de sus acantilados y del peso de las tormentas?

En algún lugar entre el recuerdo y la profecía, la isla sueña un lenguaje de mareas y vientos, de pasos marcados en sus playas y de voces que persisten como canciones llevadas por los alisios.

Hay quienes dicen que una isla es simplemente tierra, inerte y silenciosa. Pero, ¿cómo puede ser eso, cuando sus ríos le murmuran secretos a las montañas?

¿Cómo puede ser silenciosa, cuando las olas que la rodean suben y bajan con el mismo ritmo de un aliento, y su mera existencia moldea las vidas que a ella se atan?

Puerto Rico también sueña. Sueña incluso mientras es soñada.

Sueña con la resiliencia, con mantenerse firme contra el huracán mientras sus raíces se desatan. Sueña, tal vez, con el tiempo antes de que se le dieran nombres y se trazaran sus costas, cuando era solo ella misma, completa e intacta. Y sin embargo, ¿sueña también con un tiempo más allá de todo esto, cuando finalmente pueda descansar?

Este no es un amanecer cualquiera. Es el umbral donde la isla se detiene, entre el sueño y la vigilia, como si considerara qué versión de sí misma revelará cuando salga el sol. Y nosotros, sus hijos e hijas, sus testigos, debemos preguntar: ¿Somos parte de sus sueños, o sueña a pesar de nosotros?

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