Mi Pueblo En Silencio

Lares había dejado de ser. Lo que quedaba era una sombra, un lugar atrapado entre el peso del pasado y el olvido que se avecinaba. El silencio no era ausencia de ruido; era una presencia densa, pegajosa como la humedad que envolvía el aire después de las lluvias de mayo. No era el pueblo de las historias de mi infancia. Este era otro lugar, uno que ya no sabía cómo respirar.

En una esquina del hospicio, mi abuela yacía en su cama, en posición fetal. Su respiración era áspera, trabajosa, como si el aire le pesara demasiado. Su cuerpo, pequeño y frágil, parecía igual de vulnerable que el día en que vino al mundo. El cuarto era pequeño, con paredes limpias que no ocultaban el hedor de desinfectante y humedad. Sus ojos verdes se abrían de vez en cuando, vagos, como si buscaran algo que solo ella podía ver. Había vivido en muchos lugares, primero en las ciudades de Puerto Rico, después en los Estados Unidos, persiguiendo sueños que la alejaban de este pueblo que nunca pareció contenerla. Pero, al final, el destino la trajo de regreso a Lares, a este rincón diminuto, al silencio que alguna vez había querido dejar atrás.

Siempre fue una mujer perdida en libros, fascinada por historias de lugares lejanos y mundos que no podía tocar. Me hablaba, cuando todavía recordaba, de las maravillas que había leído, de las calles de Europa que nunca caminó, de la Amazonia que solo existía en los mapas de sus enciclopedias. Decía que el mundo era demasiado grande para quedarse en un solo sitio. Y sin embargo, aquí estaba, en este pueblo que, a pesar de sus intentos, nunca dejó de ser suyo. Tal vez Lares nunca se fue de ella, incluso cuando ella había intentado irse de Lares.

Las lluvias de mayo caían con puntualidad diaria, pero su sonido ya no tenía la alegría de otros tiempos. El agua se llevaba la tierra y, con ella, las huellas de quienes habían caminado estas calles antes. Me quedé mirando cómo las gotas se acumulaban en los charcos, cómo el lodo tragaba los recuerdos. Podía oler la hierba mojada, sentir la humedad en mi piel, pero no había alivio. La lluvia parecía insistir en borrar lo que quedaba, como si quisiera completar el trabajo que el tiempo había empezado.

Durante el día, caminaba por las calles y todo era inmóvil. Las casas, cerradas con candados oxidados, se inclinaban bajo el peso de los años, sus fachadas descoloridas como rostros olvidados. Había tiendas que alguna vez fueron frecuentadas, pero ahora sus vitrinas rotas estaban cubiertas de polvo.

Me hospedaba a unos pasos del Hotel Libertad. Su fachada rosa era la única que aún parecía respirar en aquella calle, con ventanas iluminadas cada noche, aunque nunca se veía a nadie entrar ni salir. Era como si el hotel estuviera esperando algo, resistiéndose al olvido. Desde mi balcón, suspendido sobre el precipicio del monte, observaba cómo las luces amarillentas titilaban detrás de las cortinas. Imaginaba que era el primer lugar al que iban los muertos antes de seguir su camino. Visualizaba a mi abuela allí, joven de nuevo, tomando la mano de mi abuelo en algún rincón del salón principal, donde las lámparas de cristal aún brillaban como en 1959.

Las noches eran interminables. El aire se sentía extraño, a veces fresco y otras pesado, como si el mismo monte respirara de forma irregular. El silencio, denso y cargado de algo más que ausencia, parecía susurrar secretos que nadie se atrevía a escuchar. Me quedaba despierta escuchando el canto persistente de los coquís, acompañado por el crujir de las ramas en el monte, preguntándome si Lares recordaría alguna vez quién era, o si, como mi abuela, terminaría olvidándolo todo.

¿El Grito de Lares, aquello que dio vida al nombre del pueblo, también se desvaneciera? No solo el acto, sino lo que significaba: el eco de todas las ilusiones y aspiraciones de los que habían tenido que irse. Pienso en quienes dejaron estas montañas con sueños grandes y manos vacías, que nunca regresaron porque la vida los llevó demasiado lejos. Quizás vuelvan, pero no como los recordamos, sino como sombras en el Hotel Libertad, donde las almas descansan antes de seguir su camino.

Incluso los gritos más fuertes se apagan con el tiempo. Y me pregunto: ¿quedará alguien para recordar, para sostener esas historias, o todo desaparecerá, arrastrado por las lluvias, tragado por el silencio?

El día que mi abuela murió, llovió sin pausa. La tierra, saturada, parecía querer tragárselo todo, como si no soportara el peso de tanto silencio acumulado. Pasé frente al hotel por última vez antes de irme. Las luces seguían encendidas, y por un instante creí ver una sombra tras una ventana, un movimiento pequeño, casi imperceptible. No me detuve. El silencio era demasiado. En momentos así, cuando perdemos a alguien que amamos, todos vemos lo que queremos ver. Yo quería imaginar a mi abuela joven, libre, con un vestido azul, bailando de alegría, llena de la emoción de saber que ahora podría ver todo lo que no pudo mientras estuvo en esta tierra.

En Lares, el silencio no es vacío. Es memoria, es pérdida, es lo que queda cuando el ruido del mundo se ha extinguido. Es el eco de algo que una vez fue, flotando en el aire húmedo como un suspiro que nadie escuchará.

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