Imaginemos, por un instante, el día en que Puerto Rico despierte sin el abrigo familiar de la ciudadanía estadounidense. Un acto del Congreso—tal vez legal, tal vez inmoral—decide, de manera definitiva, que los nacidos en la isla ya no portarán el pasaporte azul. Un objeto que ha sido símbolo, para muchos, de libertad y salvoconducto; para otros, de dependencia y resignación. Solo quienes hayan cruzado el umbral hacia el continente y pagado impuestos federales podrán retener lo que para la mayoría siempre fue un derecho automático: ser ciudadanos de Estados Unidos. Para los demás, el futuro será otra cosa.
La vida cambia en un instante. Ya no habrá vuelos sin restricciones hacia Orlando, Nueva York o Houston. Las aerolíneas seguirán vendiendo boletos, pero los puertorriqueños necesitarán visas, ese objeto que nunca antes habían contemplado como necesario. Los consulados estarán saturados de solicitudes, de argumentos y lágrimas, de familias separadas por una línea imaginaria que ahora se vuelve concreta. De repente, la isla es una jaula, o tal vez un refugio.
Pero aquí surge una pregunta más profunda: ¿qué haremos entonces con esa jaula, con ese refugio?
Durante décadas, hemos vivido bajo la comodidad peligrosa de tener un escape fácil. Cuando el desempleo aprieta, cuando la corrupción nos asfixia, cuando los huracanes arrancan techos y sueños, siempre ha estado ahí esa puerta de emergencia: un vuelo de ida, un comienzo nuevo. Y no se puede criticar a quien la cruza. Buscar un futuro mejor para uno mismo y para la familia es una acción tan humana como respirar. Pero, ¿a qué costo colectivo hemos pagado esa emigración masiva?
Cientos de miles han encontrado una vida más próspera en el extranjero, pero ¿cuántos de ellos han vuelto la vista hacia la isla con algo más que nostalgia? ¿Cuántos han invertido en ella, han luchado por ella desde la distancia? El “brain drain,” el éxodo de talento y juventud, ha dejado a Puerto Rico no solo más viejo, sino más vulnerable. Hemos sido testigos de un círculo vicioso: quienes tienen los medios para marcharse lo hacen, dejando detrás una sociedad cada vez más débil, menos capaz de enfrentarse a sus propios retos.
Si se nos arranca la ciudadanía, si se nos corta el cordón umbilical con el norte, ¿será este el golpe necesario para obligarnos a mirar hacia adentro? Tal vez entonces entenderemos, al fin, que no podemos seguir abandonando la casa cuando las goteras inundan el piso. Tal vez asumamos la responsabilidad de repararla.
No será fácil. Construir es siempre más difícil que huir. Exige paciencia, creatividad, esfuerzo colectivo. Exige abandonar la mentalidad de que el gobierno, las empresas extranjeras o algún benefactor externo vendrá a salvarnos. Exige entender que Puerto Rico no necesita mártires, pero sí manos que trabajen y mentes que piensen en soluciones sostenibles.
Este posible futuro, tan distópico como plausible, podría ser la oportunidad de refundarnos como pueblo. Quizás, en la ausencia del pasaporte azul, encontremos algo más valioso: la convicción de que esta tierra no es solo un lugar del cual escapar, sino un hogar digno de ser defendido, cultivado, amado.
No se trata de condenar a quienes han dejado la isla, ni de glorificar el sacrificio de quedarse. Se trata, más bien, de preguntarnos cómo queremos ser recordados: como un pueblo que permitió que su historia la escribieran otros o como uno que tomó las riendas de su destino.
Cuando el avión ya no sea una opción, ¿qué nos quedará? Tal vez, si miramos bien, nos daremos cuenta de que lo que siempre hemos buscado no está en otro lugar, sino aquí, esperando a que lo reclamemos.

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