La Isla Que Nunca Despertó

En esta isla, todo parece inmóvil. El horizonte, vacío; las montañas, secas; las calles, silenciadas. Nada cambia, pero todo sigue desgastándose, como una herida que nunca cierra. Puerto Rico, en su eterna “unión permanente” con los Estados Unidos, ha quedado atrapado en un limbo distópico, un lugar donde las promesas de igualdad y progreso se desmoronaron hace tanto que ya nadie recuerda cómo sonaba la esperanza.

Los años de perseguir la estadidad, esa utopía vendida por el Partido Nuevo Progresista, han convertido a la isla en una sombra de sí misma. Los mejores y más brillantes se han ido hace décadas. No lo hicieron buscando el “sueño americano,” sino porque las condiciones en su propia tierra se volvieron insoportables. La falta de empleos, el colapso de los servicios esenciales y un sistema político diseñado para perpetuar el fracaso los obligaron a sacrificar el estar en su hogar para sobrevivir en otro lugar. Médicos, ingenieros, escritores, maestros—cada uno de ellos tuvo que elegir entre su patria y su dignidad. Aquí, los que quedaron sobreviven entre cupones de alimentos y promesas rotas. No hay hospitales funcionales; las clínicas cerraron, los doctores partieron, y ahora las muertes no son anunciadas, solo aceptadas.

Pero el mayor fracaso del PNP no es solo el abandono económico y social; es la aniquilación de la democracia. Su maquinaria política, cada vez más autoritaria, ha declarado la guerra a quienes osan cuestionarla. Los jóvenes, los que se atreven a soñar con un Puerto Rico diferente, son acusados de ser “comunistas,” “radicales,” y “traidores.” Las universidades, una vez semilleros de pensamiento crítico, ahora son espacios vacíos, marcados por el exilio masivo de estudiantes y profesores.

El PNP, con su mayoría conservadora, ha construido una narrativa donde el cambio es una amenaza y el conformismo es virtud. Las familias han sido fracturadas no solo por la emigración, sino también por la retórica divisiva que demoniza a los jóvenes y glorifica a los que se conforman. Los abuelos, atrapados en la soledad de sus casas, se han convertido en peones políticos; sus votos son manipulados incluso después de su muerte. Las elecciones, supuestamente democráticas, son un espectáculo vacío donde las cifras no reflejan la realidad.

Y así, la isla se hunde en una distopía donde las urnas están llenas, pero las voces están vacías. Cada vez que un joven se va, se lleva consigo una chispa de cambio, un fragmento de futuro. Cada vez que alguien alza la voz contra la corrupción y el estancamiento, es acallado con etiquetas que buscan destruir su credibilidad.

El paisaje es desolador. Las escuelas se convirtieron en escombros; las universidades, en ruinas. Sin estudiantes ni profesores, los campus se llenaron de maleza y olvido. El puerto está cerrado, las fábricas abandonadas. Todo lo que queda es un gobierno que insiste en que la estadidad está “a la vuelta de la esquina,” aunque la esquina nunca llegue.

Al caer la noche, las luces de los postes no se encienden. Las calles quedan en penumbra, excepto por las velas encendidas en las iglesias, donde los fieles rezan por una salvación que nunca llega. Pero incluso estas plegarias parecen vacías, palabras mecánicas repetidas por generaciones que ya no saben lo que significa la fe.

La isla es una cárcel para los que no pudieron escapar y un cementerio para los que todavía creen en promesas. El mar que la rodea ya no es una barrera ni una vía de escape; es simplemente un espejo, reflejando una verdad que nadie quiere mirar: Puerto Rico no es un estado ni una nación. Es un lugar atrapado en la ilusión de una unión que nunca fue igualitaria, un proyecto fallido que sigue respirando porque nadie tuvo el valor de desconectarlo.

Y así, la isla continúa, no viva, pero tampoco muerta. Una colonia disfrazada de democracia, un pueblo en ruinas que todavía ondea banderas y celebra elecciones fraudulentas. En esta distopía, no hay futuro, solo un presente que se repite, interminable, hasta que la isla quede finalmente vacía, consumida por su propia mentira.

En esta ruina, la generación joven que una vez encendió una chispa de cambio ha sido apagada. No por falta de fuerza, sino porque las condiciones que enfrentaron les arrebataron toda posibilidad de construir un futuro en su tierra. La isla que nunca despertó sigue atrapada, perpetuando su propio final.

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